¿Qué de vos y de mí, señora,
qué de vos y de mí dirán?
De vos dirán, mi señora,
la merced que me hacéis,
y que cosa justa es
querer a quien os adora;
y que siempre como agora
muy fuerte y firme os verán.
¿Qué de vos y de mí, señora,
qué de vos y de mí dirán?
(Del Cancionero general, Amberes, 1557)
Esta es la frontera de la luz,
estas mis manos que germinan.
Este es el grito que centellea
como luciérnaga en el fondo del deseo.
He aquí el cansancio,
el ronco viento en la garganta del mundo,
la atadura del cielo,
la terca pesadumbre.
Aquí se pervierte la ternura.
DEL MÁS ARTERO de mis actos,
de mi más profundo vuelco,
de las calles y el verano mordido por la prisa,
de esta espera
/entera,
intento salpicar las muertes de la ira.
Hoy no te invoco, hermana,
para consagrar la Luz que germina en tus pupilas,
hoy no te digo el aire,
ni el pueblo que transpira en la memoria,
hoy no te hurto el suspiro ni el pañuelo.
Hoy me partiste el alba,
le diste un puñetazo a los espejos.
Hermana.
Amada.
Mi Señora.
Espía de Dios.
Qué sencillo es sermonear: la vida es un transcurso,
una enseñanza.
El dolor
-insiste-
es señal de alegría, porque después es un recuerdo,
un pequeño grano de sal en la memoria.
Qué sencillo es habitar el día
oloroso a patio de convento,
qué fácil es reflexionar
cuando no golpea el mundo.
A ver, Amada,
la que Dios fizo delicada.
Te reto a que deambules por el desastre diario,
a que entregues tus carnes a la ira,
al bocado que duele cuando no se tiene.
A ver, hermana,
pecadora que hueles a salmos y aleluyas.
A ver.
¿Soy tu burla, tu espejo, tu cilicio?
Soy tu hombre, tu espera, tu berrinche.
Por eso ven al sol, al viento,
a lo mejor del tumbo,
a la vieja, terca, ansiosa contradicción
del hombre enamorado.
Bendiga Dios tus ojos, tu vista, tus pupilas.
Mendigo yo tus muslos, tu vientre, tus pezones.
Bendiga el Señor tu mente, tu camino.
Te pida yo el dolor la boca, los rubores,
tus rizos, tu sangre, tu maraña.
Porque hoy perdí mi vieja
capacidad de amar, de darme al mundo
sereno, solidario.
Perdí mi voz, mis verdes ramas
y no tengo la brisa, mariposas, ni montañas.
Ni siquiera ese color de mar que me embelesa.
Yermo de ti,
a punto de la queja y la agonía,
la noche incendia el horizonte.
TODAVÍA RECUERDO: luego de los besos,
Noticias del pueblo y otros dimes
Te quejabas, mentirosa, de la fiebre.
Hablaste de una Revelación, del Niño
buscando tu consuelo.
Y preparaste el cebo, abonaste el terreno
para que mi corazón, idiota, se tragara los anzuelos:
"te vuelvo a repetir:
yo te amo,
aun habiendo jurado no querer a ninguna otra persona
más que a mi Cristo Jesús,
pues nadie más que Él sabe que te adoro
y a pesar de eso
yo renuncié a tu amor para seguirlo
y demostrarle que lo amo también".
Me conmueve tu verbo.
Me rasga el corazón, me precipita.
Cómo luchar ahora,
cómo enfrentar tus genes, tu memoria,
cómo volcar el Símbolo, su rastro, sus alcances.
¿Te acuerdas de la iglesia
que persiste en nuestro pueblo?
La aborrezco, me emperro: la destruyo,
porque todo lo que huela a rezos, a ceras y conventos
me llega, me llaga, me punza, me encabrita.
Ahora soy un brujo, un huracán, un ocelote.
Un nahual convertido en este monte,
en caimán, en puma, en bruma.
Soy la garra que gruñe en esta selva,
soy un tapir husmeando entre los mangles.
Soy un mono,
tarántula, serpiente,
alcaraván picoteando los oídos.
Te reto a que me sigas,
me trepo en tu recuerdo.
Husmeo tus plantas, tus piernas, tu cadera.
Muerdo tu vientre, lamo tus pezones.
Me vengo como una larga daga.
Soy la araña columpiándose en la pared de tu retiro,
soy el viento que apaga veladoras,
soy el gallo que quiebra tus salmos y oraciones,
soy el ansia dormida
/eterno quiste que sangra en tu regazo.
Te reto a que respires la violencia de mi cuerpo
y reposes, jadeante, entre mis piernas.
Te invoco a que zozobres
y que tu vulva se estremezca complacida.
Escápate, retoza, vuelve pronto.
Rompo la espuma.
Escupo.
Que doblen las campanas.
México, D. F., abril 1º. de 1981.
ÓSCAR WONG